Tejer un jersey
De cómo un ovillo y dos agujas pueden ser un acto revolucionario de amor propio
Hola, capturadores:
Estos once meses y medio que tenemos por delante se presentan con un panorama muy ilusionante. Más me vale, porque mi vida está en mis manos. Dos extremidades que me permiten hacer la mayoría de cosas que me gustan. Y dejar de hacer, también otras tantas que ni fu ni fa. Con ellas cocino largos guisos, pinto mis acuarelas, bordo mis cosas, escribo estas cartas y algunas cosas más y tejo mis jerseys y bufandas. Porque tejer ha vuelto. O va camino de hacerlo. Aunque las cifras de tiendas de lanas y mercerías que quedan abiertas desmientan la tendencia. Pero ya veréis como no me equivoco. Porque todos estamos tan ocupados haciendo cosas que creemos importantes o mirando el móvil que nos vamos buscando algunos entretenimientos que nos eviten hacer ambas cosas. Y en eso, tejer tiene muchas papeletas de salir como la afición ganadora del 2026 para muchas personas.



En mi casa, sin ir más lejos, ya tejemos los dos. Lo hacemos cada noche, mientras vemos algo en la tele que no nos obligue a leer subtítulos. Para ello, tenemos ya determinados contenidos que sirven para tejer. Esos que puedes sólo escuchar, mientras estás centrado en que no se te suelte un punto. Las plataformas deberían ir añadiendo ya una opción así. Filmin debería tener ya una terraza con ese título: Series y películas para tejer un jersey.
Al punto llegué por iniciativa propia. De pequeña, mi tía Celia me tejía una chaqueta para cada vestido que me compraba mi madre. Me acuerdo pasar ratos sentada en el mostrador de Pinguín (que me perdonen si no se llamaba así), una tienda de Cuenca, en Carretería, con una dependienta muy simpática que se llamaba Sagrario. Allí íbamos a comprar la lana, el perlé o la angora, según la época. Y con ella mi tía hablaba de qué me iba a hacer, de qué manera y si la chaqueta iba a llevar garbanzos u ochos. La Sagrario le ayudaba con la cantidad de lana y de ahí nos íbamos a casa. Semanas después, como de la nada, aparecía una chaqueta nueva en el armario. Las dos agujas las combinaba con el ganchillo, que ahora las modernas llaman crochet. De ganchillo hacía decenas de tapetes para las mesas, mesillas y mesetas. Pero también reposabrazos y reposacabezas para los sofás y sillones. Cubrebandejas, tapetes para debajo de las figuritas de la tele, para enmarcar y para hacer colchas de verano. Todo era ‘ganchilleable’. Me llegó a hacer hasta unos guantes para la Comunión. Jerseys ya no muchos más. Ahora entiendo por qué.
Pero como te contaba, al punto llegué porque quise. Un puente de diciembre que fuimos a Cuenca, hace dos años, le dije a mi tía que quería aprender a hacer punto. Ya había bordado muchísimas cosas para entonces, con años de colegios de monjas y etapas de punto de cruz. Así que me fui a una mercería a comprar unos ovillos para empezar una bufanda y desempolvamos las agujas antiguas de tejer. Y la Celia, como les pasa a muchos que saben, sabe hacer, pero menos enseñar. Las cosas se hacen así y si no las pillas es porque no estás atento. Pasar la hebra por aquí y sacar por allá es el equivalente a echarle a un guiso lo que te pida, un chorro o un puñado. Me enseñó de manera exprés en un fin de semana. Puntos básicos con dos agujas para aprender a hacer lo justo para tejer una bufanda corriente con unas madejas de puro poliéster. Algunos movimientos los tuve que grabar, para poder recordarlos sin su tutoría presencial. Y tal y como imaginaba, al volver a casa y tejer sin profesora se convirtió en una frustración. Empecé a cometer errores que no sabía arreglar. Así que me pasaba más tiempo deshaciendo todo que haciendo filas. Por momentos, abandoné. Hice una bufanda feísima y metí las agujas en su funda.


Pero unos meses después nos fuimos a pasar unos días al norte de Finlandia, un paraíso de la lana. Allí no hay fibras acrílicas. Allí sólo hay lana pura. Y la encuentras en el propio supermercado, junto con agujas preciosas y accesorios de todo tipo. Así que para matar el aburrimiento de algunas tardes en medio de la nada, me compré unos ovillos y unas agujas circulares, con unos marcadores. Había escuchado que tejer con circulares era más sencillo y bastante más cómodo. Así que eché mano de unos tutoriales de Youtube y empecé mi jersey sin costuras, de arriba a bajo, con incrementos ranglán. Lo sé, no entiendes nada. Yo tampoco en ese momento. Es lenguaje de tejedora. Ahora todas esas palabras las pronuncio sin parpadear. Y sé leer un patrón. Incluso inventármelo. Y hasta pago por algunos. Con la lana de Laponia continué mi jersey en casa, con la mala suerte de que me quedé si madejas con las mangas sin acabar. Y aunque busqué los ovillos online (todos llevan un número de color y una tintada del lote), no pude conseguir más porque el color en cuestión estaba descatalogado. Pero me seguí animando porque había conseguido dar forma a un jersey. Ya en Valencia, me las vi y me las deseé para comprar lana bonita con la que empezar y acabar un jersey completo con un tutorial de internet. Lo acabé, claro. Porque ahora ya sé destejer los errores y arreglarlos, que es más importante que tejer. Y me vine arribísima con la puerta abierta a un mundo en el que iba a poder hacerme mis propias prendas.
Y lo rematé este verano, cuando fuimos de vacaciones de Islas Feroe. Allí tejer es algo más que un hobbie. Es una manera de estar en el mundo. Y allí, en aquellas islas, encontramos las lanas más bonitas y especiales que podáis imaginar. Lana de las ovejas de la zona, de las islas de alrededor, de países con tradición lanera, con grosores distintos, con jaspeados, con brillos. Una maravilla. Y a precios normales. Incluso madejas rebajadas, porque allí cada temporada llegan nuevos colores. Y patrones modernos. Y muestras de jerseys preciosas. Y dependientas que te saben ayudar. Y clubs de tejer. Y gente tejiendo por todos lados. Así que los dos nos compramos madejas chulísimas para empezar a hacer cosas en casa. Yo me hice con fibras de mohair en colores increíbles. Y con lanas de Feroe y de las islas Shetland. Y e metí el gusanillo a Gorka y lo animé a comprar unas madejas de lana guay y unas agujas, porque encima en el aeropuerto nos aplicaban el Tax Free a la lana. Una ganga. Así que al volver a casa le enseñé a tejer a él también. Y a arreglar los errores. A leer un patrón y a hacer incrementos. Y el tío es un hacha con las agujas. Tanto que está a punto de terminar su primer jersey y en lana buena! Yo acabé ya los míos de las lanas de Feroe y estoy a punto de terminar uno de lana que compré en Pamplona.



Tejer un jersey lleva mucho tiempo. Pero el viaje es lo mejor del proceso, además de que la recompensa llega en forma de prenda única. Tenerlo listo lleva semanas. Meses si no tienes demasiado tiempo. Pero supone un ejercicio de paciencia y constancia que te encanta o que puedes acabar odiando. Se puede hacer sentado, bien calentito, mientras escuchas música, un podcast, un audiolibro o ves algo en la tele que no te requiera mucha atención. Aprendes estrategia, a ordenar pensamientos, a arreglar errores y contratiempos, a solucionar problemas sobrevenidos y a saber que no todo se hace en minutos. Pero la recompensa es un subidón.
La sensación de llevar tu propia prenda es indescriptible. De saber que ha salido de tus manos y de tu tiempo. Pero también de unos ovillos que en su día vistieron a unas ovejas, con todas las cosas buenas que las fibras naturales tienen. Dan calor cuando lo necesitas, te ayudan a mantenerlo, a refrescarte cuando es necesario. Y necesitan de unos cuidados mínimos, pero de mucho conocimiento y delicadeza. Además, tu jersey es único. Nadie más lo tiene. Pero eso tiene un precio. Económico, porque la lana no es barata, y de tiempo, porque dedicas muchas horas de tu vida. Aprendes a darle valor a algo que lo tiene. Algo hecho con las manos y buenos materiales.
Recuerdo unas vacaciones en Islandia a las que acudí con la convicción de que me iba a comprar un jersey de esos gordos, con un estampado de copos de nieve precioso. Eran típicos, así que iba a ser el mejor sitio para hacerme con uno. Y en un trayecto en coche, vimos un outlet de esas prendas y paramos. El más barato costaba más de 300 euros. Casi me da un infarto. Pero claro, era joven e ignorante. Ahora cuando alguien me pregunta que cuánto cobraría por uno de mis jerseys, los ojos se me ponen en blanco. Porque no podría ponerle precio. Pero si lo hiciera, no bajaría de esa cantidad. Primero, porque la lana vale dinero, segundo, porque mi tiempo es muy valioso. Y un jersey requiere de muchas horas. Lo que pasa es que cuando no lo sabes, te crees que te están estafando. Me hace mucha gracia cuando alguien, con toda la inocencia, me pregunta: “Marta, si te compro lana, ¿me haces un jersey?”. Y yo siempre respondo que no. Pero la respuesta tiene una versión más larga. “Si te compro uvas, ¿me haces vino?; Si te compro una oveja, ¿me haces un queso?”. Ahí no dudamos, porque sabemos que la tarea es muy laboriosa. Pues lo mismo con una prenda. He regalado algunas bufandas a personas a las que quiero mucho, he tejido algunas cosas para Gorka. Pero lo cierto es que las prendas artesanales tienen un valor sentimental y económico por el que ya casi nadie está dispuesto a pagar. Porque no conocen el proceso. Por eso es tan importante contar cómo se hacen las cosas. Explicar sus procesos. Darles valor. Sea un cuadro, un bolso o un jersey de lana.Para no volver a pensar que te están inflando el precio como a mí me pasó en Islandia.
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Marta






En mi familia es mi tía Mercedes quien hacía todo eso para nosotros (mis primos y yo) y luego para los hijos. También tengo vídeos de ella enseñándome de forma rapidísima (cómo no lo vas a pillar con lo fácil que es). Mi tía se está recuperando de un accidente cardiovascular bastante severo y ver que está volviendo a tejer muy poco a poco nos hace a todos muy felices.
Yo aprendí con dos agujas y un curso de Luymou, pero es cierto que llevo años con un jersey a medias.
Mi mejor obra es un gorro que hice para una amiga y un chal que me encanta llevar porque tiene mis colores favoritos y está hecho con mis manitas. Ojalá volver a retomarlo y hacerme un jersey.
Gracias por compartir esta experiencia tan bonita.
A ver si consigo aprender algún día. Me encantan los jerseys ecoceses e irlandeses con ochos. A mi me pasó lo mismo que a tí al ver los precios en mis tiempos de estudiante di bien, solo con contemplarlos se veía el gran trabajo que había en ellos. Años mas tarde compré a mis hijos y a mi unas chaquetas que fueron nuestra felicidad durante años y años.