La ducha
De cómo ese rincón de la casa puede ser la mejor vía de escape a los problemas
Hola, capturadores:
Un día, Sara, mi psicóloga, me pidió en plena sesión de las nuestras que pensara en un sitio que me hiciera muy feliz. Un lugar al que transportarme en momentos de ansiedad. Cerré los ojos, como ella me pidió, para buscar el típico lugar seguro al que trasladarías tu mente para bajar las revoluciones y respirar con calma. Ahí, mucha gente elige un paisaje de playa, mecido por el vaivén de las olas, un pedazo de naturaleza virgen, o una puesta de sol idílica. Yo, sin embargo, pensé en algo más cotidiano que me da mucha paz cuando lo necesito. Ahí, yo pensé en mi ducha.
La ducha es mi lugar seguro. El espacio en el que me siento en calma. Donde se me ocurren algunas de las mejores ideas y donde el agua caliente cayendo por la espalda me hace entrar en trance. No necesito música ni demasiado artificio, aunque a veces reconozco que canturreo. Pero ese agua, a temperatura alta, hace más por mi relajo que un lorazepan. Una ducha sin más intención que la de abstraerse unos minutos tiene efectos relajantes. Casi curativos. Me funciona igual en verano que en invierno. El sonido y el tacto del agua me abstraen.
Así que recurro a una ducha corta con mucha frecuencia y he aprendido a distinguir la ducha por higiene de la ducha por necesidad. La de limpiarse la hago todas las mañanas, siempre antes de desayunar. La excepción la hago los fines de semana, que me gusta desayunar antes y me ducho más tarde, porque siempre hago alguna tarea de casa. Pero la ducha salvadora la hago por la noche. Me meto debajo del grifo cuando estoy cansada, cuando estoy agobiada y cuando estoy nerviosa. Y cierro los ojos, dejo correr el agua y me voy a otro sitio. Mis problemas se van por el desagüe casi como por arte de magia. Al salir, me gusta secarme con calma, echarme crema y ponerme un pijama limpio. Si consigo completar las tres fases, duermo como un bebé. Y si me pongo unas gotas de lavanda en la almohada, directamente caigo rendida.
Con los años, he aprendido a valorar una buena ducha. De esas con presión, ancladas al techo, pero con alcachofa extra, extensible. En casa no la tengo, desde luego, pero cuando elijo hotel me gusta que tenga buena ducha. Para pasarme un buen rato debajo. Y ahora me reconozco recomendando a la gente ducharse para casi todo. Si te pasa algo, date una ducha, que se te pasa.
Así que el otro día busqué si esto que me sucede tiene alguna explicación científica, o he entrado directamente en el olimpo de la magufería. Y resulta que sí. Que activa los receptores táctiles de la piel, que estimulan el sistema nevioso y nos ayudan a liberar serotonina. El famoso cortisol parece que también te lo baja de golpe, porque el agua caliente activa el modo descanso y digestión. Por eso te deja frita, porque te activa el modo calma. Respecto al cansancio, no es que haga magia. Es que activa la circulación del cuerpo y al salir y volver a estar fresquita, aumentas el paso del oxígeno por los músculos. Pero, sobre todo, es que una buena ducha te hace estar en atención plena, que es algo que yo he aprendido con las clases de meditación de mi amiga Ana. No es ni más ni menos que estar en el momento. Ni antes ni después. Estar haciendo algo sin estar pensando en otra cosa. Y eso vale con la ducha, con fregar los platos o con recoger la ropa del tendedero. Pero a mí se me activa con el agua caliente, que me ayuda a resetearme y a mandar a paseo el resto de pensamientos.
Así que si alguna vez me cruzo contigo, no te ofendas si te mando a la ducha. No es porque huelas mal. Es porque de verdad creo que cuando algo te pasa, casi siempre se soluciona con un rato debajo de la alcachofa.
La semana pasada os hice una defensa a ultranza de la lasaña y de la comida casera como grandes exponentes de lo que ahora se llama autocuidado. Pero a muchas de vosotras os pareció indignante que hablara de semejante manjar sin compartir ninguna receta. De hecho, bastantes personas que dijeron que esperaban unas instrucciones al final de la carta. Di por hecho que todo el mundo hace lasaña. Así que, culpa mía. Para compensarlo, os dejo la receta “modo casero” de dos combinaciones que hago, que me salen muy buenas y son muy resultonas. Una de pescado congelado y otra sin carne.
Lasaña de pescado congelado:
Para hacer bechamel (doras un poquito de mantequilla, añades un par de cucharadas de harina hasta que se tueste un pelín y añades como dos vasos de leche. Sal, pimienta y si te gusta la nuez moscada...Fuego medio bajo, que burbujee pero no hierva, y sin parar de remover hasta que espese y la veas cocida).
Ingredientes: Hojas de pasta fresca (yo compro Ranna) o láminas de lasaña deca. Un paquete de rape congelado o un par de trozos. Un paquete de merluza congelada, que suele llevar tres colas limpias. 7-8 gambas congeladas. Un manojo de espárragos trigueros, un diente de ajo, una cebolleta, 4-5 champiñones. Y si tienes alguna verdura pocha, se la pones.
Elaboración: Haces un sofrito con la verdura, añades los espárragos y los champiñones cortados pequeños. Luego añades el pescado y las gambas, también troceados y descongelados antes. Lo mezclas todo en la sartén, sal, pimienta, y le pones un par de cucharadas de la bechamel para que se junte todo un poquito.
Montas una lámina de lasaña, le pones relleno, lo tapas con otra, relleno otra vez. Otra lámina y la cubres con bechamel. Eso al horno y ¡comida! En total, uso 6 láminas de lasaña fresca y comemos 3 veces dos personas, porque lo acompañamos de una ensalada.
Lasaña de tomate, mozarella y albahaca
Ingredientes: Láminas de lasaña, 400 gramos de tomate triturado (es una lata aprox), dos dientes de ajo, un cacharro de creme fraiche (es de President y está junto a la mantequilla en el super), tres bolas de mozarella fresca, champiñones laminados, un paquete de albahaca, queso parmesano rallado.
Elaboración: Lo primero es hacer tomate frito. Para ello, laminas el ajo, lo pasas por aceite y antes de que coja color le echas el tomate. Yo ahí añado un manojo de albahaca picada y lo dejo a fuego bajo hasta que pierde toda el agua y queda como una especie de paté. Lo saco del fuego y le añado toda la creme fraiche, que son 200 gramos.
Montas una lámina de lasaña. Tapas con la salsa. Pones champiñón lainado y mozarella cortada o desmenuzada. Pones otra lámina de lasaña y repites. Y en la última lámina tapas con la salsa de tomate y pones queso rallado. Al horno y ¡comida!
Espero haber subsanado mi error con estas dos ideas.
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Marta




Nuestro poder de crear santuarios y refugios en nuestros propios espacios. De mis favoritos también!
¡Hoy ha sido el día! Me he estrenado haciendo lasaña, tenía unas espinacas en el frigo así que he elegido una receta para mezclarlas con queso ricotta. ¡Y me ha salido muy rica! Chúpate esa, pasillo del Mercadona